Residencias privadas de Tercera Edad: después de esto, ¿qué?

  • Artículo de opinión de Salvador Escribano y Luis F. Álvarez

La situación actual de crisis en las Residencias de Personas Mayores, consecuencia de la pandemia por COVID-19, ha puesto en evidencia el modelo de atención en estos centros. Hemos podido comprobar la fragilidad del sistema y la escasa coordinación entre los servicios sociales y los sanitarios y la siempre demandada coordinación sociosanitaria que nunca llega de forma efectiva

18/04/2020.
Residencia privada

Residencia privada

El actual modelo de Residencias de Personas Mayores ha evolucionado, de forma importante, desde los antiguos asilos y el papel de la Beneficencia, tanto religiosa como estatal, hacia el gran avance que en su momento supuso la Ley de Atención a las Personas Dependientes, como derecho subjetivo, en la que CCOO tuvo un papel fundamental en su diseño y aprobación.

Estos avances han sido producto de cambios sociales y de demandas de la población, que han exigido un servicio eminentemente público y con una prestación de calidad. Ambas cuestiones en su práctica habitual no se corresponden con la realidad hasta el punto de que finalmente se transformaron en una especie de “aparcamiento” de esos ancianos a los que no se puede atender en casa y en las que, finalmente se busca, más que la calidad del servicio, que el coste sea asumible por la familia.

En esta evolución temporal, desde su nombre de asilos hasta el de centros residenciales para mayores, se han ido transformando en un mero negocio para las diferentes empresas, con el curioso desembarco de grandes compañías europeas que operan el sector y numerosos fondos de inversión como han aterrizado en nuestro país, con expansión en todas las Comunidades Autónomas, y que actualmente controlan la mayoría del sector. Si esto se ha producido simplemente es porque han adivinado importantes beneficios y cuando estos no se materialicen no tendrán ningún tipo de problema en desaparecer, pero la necesidad de atención y cuidado a los mayores seguirá existiendo y en ese momento ¿a quién recurriremos para que nos arregle el problema? Al Estado y a las Comunidades Autónomas casi con seguridad.

Ha llegado esta epidemia, más letal que las anteriores, y hemos podido comprobar que para ellos, para nuestros mayores, la residencia en la que ellos y sus familias soñaban vivir en paz los últimos años de su vida se ha convertido en una ratonera que ha segado la vida de miles de mayores. Y ahora nos preguntamos qué ha pasado, de quién es la culpa, cómo podía haberse evitado, …

En la sociedad moderna siempre tiene que haber una culpa que se pueda achacar a alguien. En este caso también. La culpa principal es de la avaricia, del intento de amasar cada vez una mayor cantidad de dinero de la manera que sea, sobre quien sea. La culpa es de quien ha permitido y dado de paso estas construcciones con esta infraestructura, de mínimos y con recursos humanos también de mínimos.

Y a lo mejor también tenemos que hacer un poco de autocrítica por habernos limitado a nuestra función sindical, a mirar sólo por las condiciones laborales de las trabajadoras, por las condiciones de sus riesgos laborales. A lo mejor teníamos que haber mirado también las condiciones en que se ofrecía la estancia a nuestros mayores. No era nuestra función, pero …

La infraestructura ha permitido que el virus mortal haya corrido a velocidad de vértigo por los pasillos y las habitaciones de las residencias. Se ha reaccionado tarde. En algunas residencias, muchas, las direcciones se han negado a ver lo evidente hasta que ya lo tenían dentro y ni aún así han corrido a remediarlo. En algunos sitios no se han seguido los consejos sanitarios de aislar la residencia, de prohibir visitas hasta que desde el gobierno se ha impuesto la cuarentena. En algunos sitios se ha impuesto negar la evidencia. En algunos lugares y con la epidemia en su punto álgido se han permitido mantener el contrato de su médico a tiempo parcial. Sin olvidar, además, que los propios trabajadores de las residencias en los primeros momentos carecían de equipos de protección.

Y cuando ha sido tarde han corrido a pedir ayuda; pero lo curioso es que no han pedido la ayuda a Servicios Sociales, sino a Sanidad. Han corrido a pedir que se envíen médicos, enfermeras, auxiliares, … porque esas empresas no querían o eran incapaces de encontrarlos por su cuenta, en ocasiones por ofrecer contratos irrisorios; porque los servicios sociales tampoco conseguían contratar personal. Y porque al final Sanidad tenía la capacidad de movilizar sus recursos de un lado a otro, aunque fuera a costa de desvestir un poco más a la Atención Primaria, ya mermada por la cantidad de profesionales en cuarentena por enfrentarse a la epidemia sin los recursos adecuados.

Al final ha habido un grito desde las propias residencias pidiendo que se les intervenga ante su incapacidad de hacer frente, de momento a la enfermedad y quién sabe si después a las demandas judiciales. Y quién sabe si no pretenderán derivar sus responsabilidades a la sanidad.

Es, por consiguiente, necesario que el futuro traiga cambios en este tipo de centros. Uno de los primeros sería que se endurezcan y cumplan las condiciones para autorizar la apertura y funcionamiento de estos centros; que ninguna residencia tenga menos de un 50% de habitaciones individuales, si no todas; que se pueda sectorizar sin dificultad; que se disponga de zonas que puedan utilizarse como de aislamiento; que sea obligatoria la presencia de personal sanitario en todos los turnos; que se contrate todo el personal necesario y de todas las categorías; que se cumpla con la Ley de Dependencia; que se cumpla el convenio a rajatabla … Por otro lado será preciso que haya una verdadera y rigurosa inspección periódica del cumplimiento de las condiciones en que se autorizó su funcionamiento.

Nada en el futuro podrá ser igual. La sociedad no puede mirar hacia otro lado y tiene que aceptar también la responsabilidad de exigir las mejores condiciones para los residentes en estos centros. No estábamos preparados para asumir tantos fallecimientos repentinos e inesperados. No podemos permitirnos olvidar lo sucedido; no podemos permitirnos un futuro en el que nuestros mayores vuelvan a ser las víctimas de la desprotección, de la falta de previsión, de los oscuros intereses de unas empresas cuya única alma es el mercado y su único objetivo el incremento exponencial de sus ganancias.

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