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Las pandemias que no nos han enseñado nada (o no hemos querido aprender)

  • Artículo de opinión de Salvador Escribano García, médico de Atención Primaria

A mediados del pasado mes de marzo el gobierno de España declaró el estado de alarma en todo el país unos días después de que la Organización Mundial de la Salud declarase la pandemia por el virus Sars-CoV-2

13/08/2020.
Relación entre la Covid-19 y los periodos de cuarentena durante el periodo de alarma

Relación entre la Covid-19 y los periodos de cuarentena durante el periodo de alarma

Hubo muchas quejas no sólo por ese estado de alarma inicial, sino que fueron creciendo a medida que cada dos semanas se prorrogaba durante 15 días más. Quejas de que esa situación no servía para nada. Quejas de violación de las libertades. Quejas de quienes implantaron la ley mordaza ante los intentos de frenar los bulos, cada vez mayores y más agresivos en contra de la acción del gobierno. Y quejas e insultos también crecientes contra el portavoz, Fernando Simón, que cada día nos explicaba la situación epidemiológica del país.

Quejas trasladadas a la población mediante esas redes de función antisocial así como por tantos medios de desinformación, fundamentalmente televisivos, que por medio de tertulianos de toda índole menos sanitaria ponían en cuestión cada decisión tomada. Porque ahora resulta que cualquier ‘influencer’ o tertuliano como única profesión, torero, deportista, cantante … saben más y tienen más autoridad en asuntos sanitarios que los verdaderos especialistas.

Los gráficos de casos detectados, pruebas diagnósticas y comienzo de los síntomas demostraban todo lo contrario y cada periodo quincenal iba disminuyendo hasta que a mediados de junio, tres meses después, se daba la situación por controlada con muchas presiones del mundo del comercio, la hostelería y los comunidades autónomas, exactamente igual que hace un siglo, que reclamaban su derecho a ser los protagonistas de esta historia.

Momento este en que los mencionados tertulianos arreciaron las protestas contra el epidemiólogo Simón, con frases como “no es científico”, “es sólo un médico” y similares. Pero es que, como dicen Carmen Arredondo y Enrique Gil (1) “la imagen de un epidemiólogo no es la de un científico, sino la de un funcionario que proporciona datos estadísticos”. Y sin embargo es el experto más “capacitado para recoger y evaluar los datos”, también en sus palabras. En esto también tienen su responsabilidad las autoridades políticas, que les tienen en reserva, haciendo el trabajo oscuro, hasta que les necesitan con motivo de alguna crisis.

Este desprestigio del epidemiólogo y del gobierno que se han empeñado en hacer correr entre la ciudadanía ha llevado a que ahora parte de nuestra población, por desconfianza, desconocimiento o por simple egoísmo decidan saltarse las medidas higiénicas de contención del virus, que son tan sencillas como el lavado de manos, la distancia social y el uso correcto de la mascarilla, lo que está llevando a lo que en principio definimos como nuevos brotes pero que cada vez se parece más a una nueva transmisión comunitaria.

Son las mismas medidas higiénicas aplicadas con motivo de la gripe española. Otra medida tomada entonces fue el cierre de los locales públicos, mercados, etc. Y entonces como ahora estas medidas se respetaron en algunos lugares pero no en otros como Madrid, Barcelona, Zaragoza o Sevilla, como nos recuerda el doctor Eiros (2), que también nos advierte de la importancia que en la expansión de aquella enfermedad tuvieron las fiestas populares de finales de verano y principios de otoño, que también tuvieron que prohibirse. Y también se decretó el control de entrada y salida de poblaciones con especial atención a quienes cruzaban desde Francia a nuestro país.

La tercera ola de aquella pandemia, la de 1920, puso de manifiesto la importancia de los escolares en la transmisión de la enfermedad. Estamos a tiempo.

Otro dato: la pandemia gripal de 1889 derivó a partir de entonces en una enfermedad endémica (2). Hay que pensar que puede pasar lo mismo en este caso y que tendremos que acostumbrarnos a convivir con este coronavirus como ya lo hacemos con muchas otras enfermedades transmisibles y prevenibles por vacunas.

Castilla y León no es una excepción y como en otras comunidades autónomas nuestro gobierno no es ajeno a esta “confusión”: se decreta la obligatoriedad del uso de la mascarilla pero a las dos semanas y en pleno crecimiento del número de casos decreta que cada ciudadano, bajo su responsabilidad, pueda no usarla. Tampoco es ajeno a esta confusión el fallo del Juzgado de lo Contencioso Administrativo nº 1 de Burgos que rectifica a la Junta de Castilla y León y reduce el confinamiento en Aranda de Duero de 14 a 7 días, ignorando que el periodo de incubación llega hasta los 14 días por lo que al final este confinamiento puede no resultar efectivo y sólo generará enfado y desconfianza. A lo mejor como se ha dicho “el juez protege a los ciudadanos de la Junta”, pero no de la enfermedad.

A todo esto, desde todas partes se habla de lo que hemos aprendido de la pandemia cuando la verdad es que no hemos aprendido nada y si lo hemos hecho lo hemos olvidado con rapidez. Y el caso es que lo teníamos ahí. El ejemplo es la última gran pandemia mundial, la mal llamada gripe española. Pero claro, han pasado 100 años y vivimos en un época en que lo que sucedió ayer ya es algo muy viejo y olvidado. Y algo más preocupante todavía: todo tiene un culpable ajeno y cada individuo no tiene ninguna responsabilidad en lo que le pueda ocurrir al vecino o a la comunidad entera.

Y en estos días tan avanzados y debido probablemente a la disminución de los casos de enfermedades transmisibles, fundamentalmente gracias a las vacunas, también se nos ha olvidado la cuarentena, el aislamiento que requería que el enfermo se quedase en casa durante un periodo más o menos largo en dependencia del periodo de incubación de la enfermedad. En este olvido y en consecuencia en la intolerancia actual hacia esta importantísima medida de prevención y control de la enfermedad seguramente también ha tenido que ver la justa y necesaria incorporación de la mujer al mundo del trabajo, teniendo en cuenta su anterior papel en el cuidado de los hijos, sin que las normativas laborales permitan que uno de los progenitores pueda abandonar por unos días su trabajo para el cuidado de esos hijos sin que eso suponga una merma económica que en la mayoría de los casos resulta inasumible.

Me voy a permitir citar en las líneas siguientes algunos párrafos del libro ‘La gripe de 1918’ (2). Entre las primeras cosas nos dicen que “las preocupaciones de los profesionales de la salud pública no se han traducido en prioridades políticas o presupuestarias”. Y eso es algo que desde hace años está reivindicando CCOO en cada oportunidad sin que se haya logrado nada, lo que se está traduciendo en una plantilla cada vez menor tanto por la falta de importancia que nuestra Administración Sanitaria da a este campo como por las condiciones laborales y económicas de quienes se dedican a ello, que provocan su éxodo hacia la asistencia.

Hay más. Se requiere que quienes se encarguen de “formular políticas digan la verdad y lo hagan a tiempo, incluyendo el reconocimiento de cualquier error, falta de cálculo, escasez, etc.” porque “mantener la confianza es absolutamente crucial” (2). Tal vez en nuestro país se haya generado una brecha de confianza cuando se ha reconocido que no había ningún comité de expertos tras los planes de desescalada. Pero ahí no se ha dicho la verdad, porque sí había un comité de expertos detrás, aunque no un comité de expertos al uso, de políticos nombrados por los partidos en función de su mayor adherencia política. El comité de expertos ha sido el mejor que podía existir porque han sido los propios técnicos de Salud Pública del ministerio de Sanidad, que son realmente quienes más saben y mejor capacitados están.

Una lección de aquella pandemia es que “una pandemia grave se debe abordar desde el punto de vista interdisciplinario, reconociendo la disrupción económica y social que creará” (2). Y pese a haberse reconocido ese aspecto no ha sido suficiente para que todos los líderes políticos hayan decidido ir en la misma dirección; más bien al contrario, es como si cada uno se hubiese interesado en hacer política partidista, como si estuviéramos en una campaña electoral permanente.

Y se nos ha olvidado algo mucho más cercano, de 2009, lo que lo hace especialmente grave y es que “la planificación es simplemente un requisito necesario pero insuficiente para la preparación” y “es de hecho inútil a menos que esos planes se implementen” (2).

Conseguiremos recordar al menos esto?

Referencias:

1.- Carmen Arredondo Miguel y Enrique Gil López: Vigilancia en salud pública y comunicación. En: Vigilancia Epidemiológica. Editor: Ferrán Martínez Navarro. McGraw-Hill Interamericana de España, S.A.U. EDÍGRAFOS S.A. Madrid, 2004: 169-180.

2.- José María Eiros Bouza, Mª Rosario Bachiller Luque y Alberto Pérez Rubio: La gripe de 1918. Centenario de una crisis sanitaria devastadora. Segunda Edición. Gráficas Montseny. 2018.

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